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The interrupters

La violencia no se detiene con violencia. La violencia sin sentido que crece en las calles de los barrios pobres de Chicago y que mata a jóvenes afroamericanos o hispanos de pandillas rivales por una discusión acerca de una deuda de cinco dólares o la bala perdida de un tiroteo entre traficantes de crack que mata a un niño que jugaba en las escaleras del porche de su casa no se detiene con la intervención policial o la cárcel o los centros de menores.

Esa violencia que sesga vidas que se hunden en una espiral de abusos, drogas, delincuencia sin remedio, como la que nos mostraban en la fabulosa serie The Wire, necesita instrumentos más afilados que la detengan. Necesita intervención desde dentro porque es una epidemia, actúa como una enfermedad infecciosa, que se extiende exponencialmente y de un individuo a los que están más cercanos y de cada uno de esos a otro grupo más ámplio.

Y ahí es donde intervienen The Interrupters (los interruptores) que es como titula el documental a los miembros de CeaseFire, una asociación sin ánimo de lucro dirigida por un epidemiólogo y cuyos métodos consisten en tratar esa violencia tal y como se trataría a una epidemia vírica: aislar y tratar a los elementos más infectados y a su entorno para cortar el contagio desde su origen. Los interruptores son todos ellos antiguos “contagiados” que consiguieron salir de esa rueda de comportamiento autodestructivo y que ahora quieren ayudar a otros miembros de su comunidad a alcanzar una vida mejor.

Un documental apasionante, emocionante y duro pero lleno de esperanza que hay que ver.

My So Called Life

En el ’94 yo era lo que hoy en las películas sería la rara del instituto: con mis libros a todas partes, vistiendo jerseys o camisas de cuadros tres tallas más grandes, sombreros, botas militares, corbatas o una gabardina larga y negra que yo creía que me daba un aire extremadamente misterioso, sobre todo cuando ondeaba al viento. Vale, quizá yo era la única que lo creía y los demás pensaban más bien que era ridícula, pero ¡demonios, cómo adoraba aquella gabardina!

Y llegó una serie que, de alguna manera, lo cambió todo.

Una serie sobre la que después no he oído hablar demasiado, pero que por aquel entonces ganó varios premios y que a mí me ganó por completo con una sola temporada de 19 episodios. Se llamaba My So Called Life (tradujeron Es mi vida). La recuerdo como bastante más interesante que la media de series de adolescentes en el instituto. Me identifiqué completamente con su protagonista, Angela Chase (Claire Danes) por varias razones: a mí también me volvía loca Jordan Catalano (interpretado por Jared Leto), también era tímida y poco “popular”, estaba intentando buscarme a mí misma, crecer y salir de mi burbuja y, casi lo más importante, también teñirme el pelo de rojo fue como una manera de mostrar al mundo mi nuevo yo, con más confianza en mí misma y tan osada por fuera como me sentía por dentro. O algo así pretendía. Quizá los demás pensaban que mi pelo rojo fuego era ridículo pero para mí era (y es, porque aún sigo siendo pelirroja) algo más que un color de tinte.

Creo que siempre andamos buscándonos a nosotros mismos e intentando mejorarnos, no somos nunca una cosa fija o definida. Aunque de adolescentes creamos que los mayores ya han conseguido encontrarse, en realidad sólo llevan mucho mejor la búsqueda.

Angela: People are always saying you should be yourself, like yourself is this definite thing, like a toaster. Like you know what it is even.

El señor William Finch estuvo tres días , mañana y tarde, en la buhardilla ventosa y oscura.

Durante tres días , a fines de noviembre, estuvo allí sintiendo cómo los copos blancos del tiempo caían del cielo infinito y acerado, unos copos blandos, silenciosos, que emplumaban el tejado y empolvaban los aleros. Allí estuvo tres días con los ojos cerrados. Había suspiros y tormentos, que dolían alrededor. Mientras ,el señor Finch aspiraba los exquisitos perfumes secos y palpaba los antiguos legados.Escuchando abajo, su mujer, Cora, no lo oía caminar, ni moverse, ni estremecerse.

Cuando el señor Finch bajó deprisa a la hora del almuerzo, les sonrió a las paredes inhóspitas, a los platos resquebrajados, a la platería rayada, y hasta le sonrió a su mujer.

-¿Por qué tanto entusiasmo?- preguntó Cora

-Buen humor, nada más. Un humor excelente- rió el señor Finch.

Parecía casi histérico de alegría. Estaba hirviendo en un gran aroma , dificil de ocultar.

-¿A qué hueles?

-¿Oler?

-Zarzaparrilla- dijo Cora con aire suspicaz- ¡ Eso es!

-Mmm…¡Imposible!

La histérica felicidad del señor Finch cesó bruscamente, como si su mujer la hubiese apagado. Parecía aturdido, turbado , y de pronto muy cauteloso

-…Estuve limpiando la buhardilla…

-¡Holgazaneando!

La mujer lo miró friamente

-Cora…¿sabes qué son las buhardillas? Son máquinas del tiempo… y ahí dentro los viejos tontos como yo pueden retroceder cuarenta años hasta una época en la que era siempre verano y los niños asaltaban el carro del hielo. ¿Recuerdas su sabor, Cora?. Tú lo guardabas en el pañuelo… -Cora se impacientaba. El señor Finch entornó los ojos.- Es un sitio amable, donde hay mucho Tiempo, y si uno se queda de pie en el centro mismo de la buhardilla, entonces huele el pasado, y extiende las manos para explorar los días de antes, bueno, entonces….

El señor Finch se detuvo, advirtiendo que había hablado en voz alta. Cora comía deprisa sin apenas escuchar.

-¿No sería interesante viajar en el tiempo?- preguntó – Antes… siempre era verano… Metafóricamente hablando…

-Bla- dijo Cora- Bla,bla. – Y luego: – Bla.

El señor Finch trepó a la buhardilla por la larga y fría escalera, tiritando. Levantó la trampilla . Y he aquí, que un polvo de verano flotó en el aire. El señor Finch cerró la trampilla lentamente, sonriendo.

A las cinco de la tarde, el señor Finch reapareció llevando un sombrero de paja y oliendo a heno fresco

-Lo encontré en un viejo baúl.

Cora olió.

-No huele a naftalina. ¡Parece nuevo!

-Mmm, no creo.. ¿No sería hermoso dar un paseo de domingo . Como hacíamos antes , tú con la sombrilla de seda y el vestido largo y sentarnos luego en la heladería y pedir dos zarzaparrillas?

-La comida está lista, quítate esa cosa horrible

-¿No te gustaría, Cora?

Cora salió de la cocina y se sentó en la sala. La nieve caía ahora rápidamente. Cora oyó que el señor Finch subía de nuevo la escalera.

A eso de las nueve de la noche Cora oyó que su marido la llamaba

-¡Cora!

Cora subió al piso alto. El señor Finch asomaba la cabeza sonriente. Agitó el sombrero

-Adios Cora, lo estuve pensando durante más de tres días y te digo adios

-Baja de ahí, imbécil

Él tendió hacia abajo una mano ansiosa.

-Por última vez, Cora ¿quieres venir conmigo?

-Lo que voy a hacer es sacarte de ése lugar mugriento. Alcánzame la escalera.

-Adiós -dijo el señor Finch.

Agitó la mano dulcemente . Luego el rostro del señor Finch desapareció

-¡William!-. gritó Cora.

La buhardilla estaba oscura y silenciosa. Cora vió entonces entrevierta la ventana al fondo  Una escala colgaba fuera de la ventana y descendía hasta el tejado de un porche. Cora se apartó bruscamente de la ventana. Afuera resplandecía el follaje claro de los manzanos, caía la cálida tarde de un mes de julio, y al fondo se oían los fuegos de artificio y unas risas distantes.

Cora cerró bruscamente la ventana y se tambaleó.

-¡William!

La luz invernal de noviembre se filtraba en la buhardilla y la nieve susurraba de nuevo contra los cristales.

 

Ray bradbury (22 de agosto de 1920 – 5 de junio de 2012)

 

Espero, Maestro, que se encuentre en un sitio amable, donde hay mucho Tiempo  y se suceden los paseos bajo la sombra de los árboles en las cálidas tardes de un verano eterno. Hasta siempre y gracias.

 

Desde el 15 de abril al 3 de junio en la Planta 1 de la Biblioteca Ignasi Iglésias/ Can Fabra del distrito de San Andreu de Barcelona se expone una muestra de los cómics y dibujos que el ilustrador Roger Tallada ha hecho durante los últimos años, principalmente en el Estudio Fénix.

 

 

Biblioteca Ignasi Iglésias – Can Fabra
Biblioteques de Barcelona
C/ Segre, 24–32
08030 BARCELONA
www.bcn.cat/bibcanfabra

 

¡No se la pierdan!

Lost Things

Las primaveras siempre me han parecido momentos de cambios brutales, de desprenderse de cosas para renacer con cosas nuevas, de dejar atrás la oscuridad y saludar al sol. Nunca veo la primavera como un cambio dulce y sutil, con arcoiris y unicornios y conejitos saltando por el campo. Siempre pienso más en la primavera como  la época de violenta ruptura de Stravinski en “La consagración de la primavera” que en la dulzona primavera de “Las cuatro estaciones” de Vivaldi.

Este año tengo más motivos que nunca para pensarlo. Pero las cosas que has perdido, aunque se lleven siempre en la mochila, siempre te enseñan cosas, de ti misma y de los demás. En realidad lo que creemos que nos detiene es lo que nos acaba haciendo avanzar.

 

Habibi de Craig Thompson

Craig Thompson lo ha vuelto a hacer.

Con unos dibujos maravillosos, expresivos, narrativamente fascinantes, llenos de arabescos y de arquitecturas y composiciones complejísimas, que integran de forma fascinante incluso la matemática o la caligrafía árabe, nos vuelve a narrar una historia conmovedora de amor entre Zam y Dodola. Se muestra más maduro, que en Blankets, más complejo, lleno de claroscuros y símbolos, pero tan honesto, profundo y lleno de gestos y silencios significativos, con la misma manera tranquila y preciosista de contar historias que te introduce poco a poco en la narración y te hace sentir con los personajes. Dando un paso aún más allá en la comprensión del amor y la fe, del difícil paso de la infancia a la madurez, de la obsesión, el sexo y la culpa, de la amistad y el egoísmo, de la bondad y la codicia humanas… Si en algo incide especialmente es en resaltar la importancia de contar historias. ¿Porque qué es la religión sino una compilación de historias? ¿Y qué son esas historias sino partes de la humanidad y de nuestros sentimientos mismos?

Habibi es de esas historias (las que realmente valen la pena) que después de acabarlas siguen resonando por mucho tiempo en tu cabeza.

Sólo ciertas escogidas obras de narración secuencial (llámenle “cómic” o “novela gráfica” o como gusten y prefieran ustedes o esté de moda en el momento) consiguen integrar de manera magistral la narración visual y la literaria, haciendo no sólo que la una acompañe a la otra sinó que se fundan, que se confundan y entrelacen, que una cosa sin la otra no tenga sentido, que nos hagan olvidar si algo lo he leído en el texto o lo he leído en los dibujos. Ésta es una de ellas. Quien nunca ha leído un cómic nunca entenderá esa pluridimensionalidad extraordinaria y enriquecedora que no es cine ni literatura ni ilustración sino todo junto y a la vez. O todo lo contrario.

No se pierdan Habibi.

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Playboy Mommy