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Lay Down

Fin de semana de descanso y relax.

Justo lo que necesitaba.

Ramon Casas: Jove decadent (1899)

Álbum

Esta semana la frase inicial me sugerió algo que no podía encerrar en cien palabras. Y ni lo inenté. Desde el principio, desde que empezó a fluir, ni siquiera traté de hacerlo caber en ese diminuto espacio porque ya se desbordaba. No demasiado, tampoco iba a ser una novela, ni siquiera un cuento corto, pero odiaba quedarme a medias sólo por un maldito concurso. De modo que aquí está, libre como él quería:

Aquel niño era yo, plasmado en blanco y negro con mucho grano, en papel fotográfico, infinitos años antes. La vida era sencilla y brillante entonces. Casi no puedo reconocerme en esa carita sin la mácula del tiempo o la infelicidad. Luego una imagen de mis padres, mirándose con dulzura, enamorados como adolescentes, mientras yo y mi hermana corremos alrededor, con los brazos abiertos como si fuéramos pequeños aviones que sobrevuelan el soleado césped color esmeralda del patio de atrás. Después mi madre sola, sentada en la cocina, apretando un paño blanco, ocultando con una sonrisa triste su pena y su cansancio, no se separaba un momento de mi padre en su maldita enfermedad. Yo de nuevo, con Laura cogiéndome tiernamente de la mano, en la boda de mi hermana. Mamá sonriendo de nuevo, de verdad. Viajes y más viajes, gente que viene y va. Y ahí estoy en el cumpleaños de mi sobrino, ya sin Laura, enseñándole al niño a hacer un barquito de papel, mis sienes ya blanquecinas. Más cumpleaños, cada vez más espaciados, ya sin mamá, cada vez más envejecido, los sobrinos cada vez más mayores y mis ojos cada vez más ahondados, oscuros como el océano…

Y la última fotografía que veo es la de mis pies suspendidos sobre el suelo gris de linóleo, creando una sombra alargada en el cuadrado de sol reflejado que entra por la pequeña ventana de mi habitación del asilo. Buen encuadre. Mejor salir de escena con estilo. Mejor salir así, casi sobrevolando esta cárcel de desdichas, de seres arrugados y cansados donde nadie mira a nadie, todas las miradas evocando el pasado, entre adormiladas y anestesiadas, perdidas como la esperanza de su juventud.

Debe ser que, si has sido fotógrafo, tu vida en vez de pasar como una película ante tus ojos pasa en imágenes. Me parece oír el clic del obturador.

Se cierra el álbum.

Imagen de Carles Cerulla, Proyecto Vidas, asilo de ancianos de Antofagasta, Chile.

Foto de Carles Cerulla, Proyecto Vidas: residencia de ancianos de Antofagasta, Chile.

La otra idea, que me gustaba mucho menos, sí se convirtió en cien palabras destinadas al concurso de la SER. Mañana o pasado (o cuando tenga un momento) explicaré qué ha pasado con ese microrelato. No, esta vez no lo he perdido…

…le dijo el bromista al ladrón.

Oh, vamos, Buster, deja de atormentarme, ¿podré cansarme algún día y dejar de escucharte en bucle? Tengo más discos en el iPod, muchos más que me esperan pero es como una maldición porque vuelvo a la misma canción una y otra vez. ¿Será porque tú también grabaste las pistas del bajo aprovechando que Noel Redding se fue a tomar una cerveza? ¿Será porque hiciste repetir la toma 20 veces a Dave Mason hasta que estuviste satisfecho? ¿Será porque es la mejor versión que se ha hecho en la historia de la música, una canción perfecta en todos los sentidos?

Vamos, sé bueno, Buster… y déjame escuchar otra cosa, llevo semanas así.

Como no me conecto desde el trabajo por miedo a que otro “compañero” (aquí un mero eufemismo del verdadero significado del vocablo) de trabajo le vuelva a ir con el cuento al jefe, así no hay quien actualice. Pido perdón públicamente a Josep Tallada, quizá mi único fan, que pide insistentemente más madera.

Pasó el puente de Semana Santa de desintoxicarse de internet, hacer un poquito de vida social, volver a cenar fuera y volver a disfrutar del olor y el sabor de las salas de cine. ¡Cómo lo echaba de menos!

Y luego tocaba buscar deprisa y corriendo qué ponernos para la boda del pasado sábado…

Los zapatos de princesa siempre aprietan. Y a veces, en las circunstancias menos pensadas, puedes hacer vida social con tu cuñada (¡un saludo, maña!).

Y si un domingo ya suele ser triste, nunca lo ha sido tanto como este pasado. Resulta tétrico pensar en por qué razón no hay lámparas en los techos de las habitaciones de las residencias de ancianos. Y no sé si duele más la piscina vacía, los desconchones de las paredes o la sala de televisión llena de pares de ojos nostálgicos viendo la novela, ojos llenos de pasado y de historias que anhelan ser escuchadas por algún nieto. Aunque repitan dos o tres veces la misma anécdota los oídos serán indulgentes.

Visita por sorpresa

¡Menudo regalito me ha llegado de Florencia!

 

¡Me encantan las sorpresas pero casi me da un pasmo al abrir la puerta y encontrarme con alguien que se supone que está a muchos kilómetros! 

Me tenían todos bien engañada…

Y no, E. no cabía en el buzón.

That is no country for old men. The young
In one another’s arms, birds in the trees
- Those dying generations - at their song,
The salmon-falls, the mackerel-crowded seas,
Fish, flesh, or fowl, commend all summer long
Whatever is begotten, born, and dies.
Caught in that sensual music all neglect
Monuments of unageing intellect.

“Sailing to Byzantium”

Bien, ahora que ya la he visto ya puedo leer lo que piensan los demás y opinar yo misma. Tanto con esta como con There Will Be Blood he tenido especial cuidado de no saber absolutamente nada previamente al visionado. No leer ninguna crítica, ni siquiera ver los trailers, no obtener ninguna información por ninguno de los numerosos medios que se ofrecen e ir al cine lo más virgen posible. Me gusta así. He descubierto que la experiencia es mejor, más mía y auténtica, menos intoxicada con falsas expectativas o críticas demoledoras. Cuando vi Donnie Darko (peliculón) no sabía absolutamente nada de ella y eso la hizo mucho más especial. Con la magistral Eastern Promises del siempre genial Cronemberg me veté también a mí misma. A veces es imposible no saber absolutamente nada, pero se puede hacer un esfuerzo por apartarse un poco de la excesiva información.

Esta vez no había ningún riesgo de que no me gustara. Joel y Ethan son un acierto seguro. Siempre. No puedo ser imparcial con ellos, a mí me encantó hasta esa reinterpretación suya de la Odisea llamada Ô Brother, Where Art Thou? que muchos vapulearon, Además esta vez, basándose en una novela del aclamado Cormac McCarthy (del que aún no he tenido el gusto de leer nada, aunque mis ganas crecen por segundos), no había opción a la decepción. Y así ha sido. ¡Qué fotografía, qué magistral planificación del ritmo, qué diseño de sonido que consigue la tensión perfecta sin que se note la falta de banda sonora, qué dominio narrativo!
Creo que a estas alturas (y viendo las imágenes) todos ustedes, escasos pero inteligentes, amabilísimos y pacientísimos lectores, sabrán que voy a hablar de la última película de los Coen, así que si aún no la han visto (cosa a la que deberían poner remedio cuanto antes mejor) no sigan leyendo, por favor. Esgrimiré si es necesario el sobado ATENCIÓN SPOILERS: ahora se van a explicar partes fundamentales del argumento de la película. ¡Huíd, insensatos!
Ya se ha hablado muchísimo del final anticlimático del film, un final que pilla a contrapié cuando parece que esperábamos otra cosa. Pues bien, a mí me gusta. Un final más convencional o previsible me habría dejado insatisfecha. Algo que pudiese suponer no me habría contentado. No sé si es por ser fiel a la novela, pero encuentro que el final cuadra perfectamente con todo lo que nos han estado diciendo. Porque no es una película de acción, de persecuciones o de buenos y malos. Cuando Llewellyn Moss (Josh Brolin) encuentra el dinero y se lo lleva sabe, y así se lo dice a su mujer, que aquello puede acabar de cualquier manera. Nos repiten varias veces que nadie sabe lo que puede pasar, que nadie puede dominar la situación. Incluso Anton Chigurh (Javier Bardem), que parece una versión violenta y postmoderna de la Muerte, una figura etérea e irreal (incluso el sheriff Bell/ Tommy Lee Jones comenta que parece un fantasma y que nadie parece haberle visto), incluso el más inefable del film deja que sea el azar quien en ocasiones decida por él. ¿Cómo va entonces a conseguir Moss, el hasta el momento héroe, vencer al destino inescutable, salir victorioso? Y como en una gran broma de la que los de Minnesota nos hacen partícipes, es justo cuando las intenciones de Moss dejan de ser del todo honestas que se tuerce su fortuna. ¿Casualidad? ¡Noooo, Moss, con lo bien que ibas! ¿Por qué bajaste la guardia, por qué te dejase tentar?
No es país para viejos, el sheriff Bell no es capaz de reconocer ante sus narices qué arma está usando Chigurh, aunque él mismo le explique a Carla Jean Moss (Kelly Mcdonald) cómo funciona. No consigue resolver el caso, no consigue cumplir su promesa y proteger a Moss, ni a Carla Jean. Más vale retirarse, escapar. El Mal nunca desfallece, ningún accidente de tráfico puede detenerle. Nadie que le haya visto vive para contarlo.

Nervous Accountant: Are you going to shoot me?
Anton Chigurh: That depends. Do you see me?

Huída hacia adelante

Hay días en los que me gustaría meterme en la maleta de alguien y aparecer muy lejos, en cualquier otro sitio diferente.

“Trunk” by Yuji Moriguchi

 

Lo mejor en esos momentos es hacer grandes planes futuros con ilusión, aunque parezcan inlcanzables ahora mismo. Con ayuda y empuje seguro que se consiguen los más altos objetivos. Ya sea montar una librería o el mejor bar de la ciudad.

Está bien, está bien: yo soy el problema.

Con mi cuerpo desidratado post- gastroenteritis, mis piernas que apenas parecen sostenerme y mis enormes ojeras vuelvo a mi puesto de trabajo para encontrarme con la desastrosa valoración GAP de mi jefe, el enano que nunca está pero que quiere controlarlo todo. No le caigo bien desde el principio, me hizo una mala valoración aduciendo dos chorradas y me dejó sin parte de mis incentivos cuando me hice un esguince y aún así renuncié a coger la baja para no dejarlos tirados en la oficina. Casi dos meses yendo a trabajar con muletas y con un pie que debería haber reposado en alto y así me lo pagó: me valoró mal. No le caigo bien. Y es recíproco.

Pero el problema, como decía, soy yo. Porque me manejo terríblemente mal en ese mundo de la diplomacia y de la, digámoslo así, instrumentación de las relaciones con otras personas. Y mira que llevo un año entre comerciales pero no se me pega nada, al contrario: cada vez los odio más a (casi) todos. Para mí las personas que trabajan conmigo están en categorías que dependen de si me despiertan simpatía o cordialidad o si no lo hacen. No sé usarlas en propio provecho, no sé mover hilos de personas animadas, eso sólo se hace con muñecos.

Y el otro problema que tengo es que tiendo a hacer mi trabajo lo más rápido y diligentemente que puedo en cuanto me lo piden y no me entretengo mariposeando por allí o por acá, charlando con este o con la otra, levantándome mil veces a vaya a saber usted qué… Si llamo por teléfono voy al grano, si tengo que resolver un problema no hago aspavientos, si consigo arreglar algo no dedico diez minutos a proclamarlo a los cuatro vientos para que todos sepan lo buena que soy, si alguien me trata altivamente o se pone una medalla de un logro mío me aguanto y no hago un drama ni lo comunico llorando a toda la oficina.

Y así mi trabajo es mucho menos vistoso y luce mucho menos, dónde va a parar.

Yo soy de las que si tiene que llorar por una injusticia contra mí en el trabajo se encierra en el baño. Como hoy. Lo que me faltaba: perder más líquidos…

Así nunca voy a llegar a nada en este mundo.

Esta es la reconstrucción del cadáver, sin el corsé de las cien palabras. Igualmente lo veo pálido, sin vida, estaba más contenta con el resultado del microrelato perdido. Pero quizá es sólo porque ahora, una vez muerto, lo he idealizado.

No hasta que por fin me haya mordido, no hasta que no tenga más remdio.

- Hoy va a ser todo como antes: he cocinado con lo que nos quedaba en la despensa una cena de las que te gustan, cariño. Con velas y flores. Sí, las he cogido del jardín, me he atrevido a salir un momento pero he tenido cuidado y he atrancado la puerta de nuevo. Hoy es nuestro aniversario, ¿recuerdas?

No, no se acuerda. ¿Qué se va a acordar? Gruñe y me mira con esos ojos idos que apenas recuerdan a los suyos y babea, y sé que si no le tuviera inmovilizado y atado a la silla…

- Espera, cariño, que te coloco bien el trozo de piel de la cara que se te ha desprendido. Así, ¡qué guapo!

Cuando llegue el momento sé lo que hacer, tengo reservados dos cartuchos en la escopeta: el primero para él, el siguiente para mí. Antes de convertirme en uno de ellos.

Dibujo de Roger Tallada

Me acabo de dar cuenta de que por error borré mi último microrelato enviado, el de esta semana que parece no tener ganadores y que empezaba con la frase: “No hasta que por fin me haya mordido”. Los suelo escribir en el trabajo (tras meditarlos mínimamente de camino a casa para comer o en la vuelta al trabajo) en un archivo Word que luego, cuando he editado una entrada para él aquí, borro por no dejar vestigios informáticos de mi poca productividad laboral de 14′30h a 16h, un horario por lo normal bastante tranquilo. Más tarde los transcribo a mi Moleskine.

Lo borré creyendo que borraba una entrada repetida, la del microrelato anterior que aún seguía ahí ahora, como burlándose de mi estúpido error. Es lo que tiene titularlos a todos igual y diferenciarlos sólo con numeración romana: es fácil confundir Microrelato VII con Microrelato VIII. Así que se ha esfumado definitivamente. Tras la rabia llega la aceptación. Tampoco se ha perdido ninguna maravilla, era demasiado gore y demasiado sci- fi y freak para llegar a finalista. Lo sabía cuando se me ocurrió la idea, lo sabía cuando lo escribí y cuando lo mandé. ¡Pero me divertí creándolo, qué coño!

¿Dónde van los microcuentos o microrelatos que se pierden? ¿Van a la micro- Biblioteca de los libros perdidos?

Dudo si reescribirlo o dejarlo perderse en el mar del olvido…

 

Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? En eso consiste ser un esclavo.

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