El placer puede tener muchas formas. Ni siquiera siempre es necesariamente sexual en el sentido puramente genital del término. Si digo que “he mojado las bragas de placer con el magret de pato que nos sirvieron en La Treva en el cumpleaños de Roger” será en sentido figurado, por supuesto. O eso creo, porque hacía tiempo que no saboreaba algo tan delicioso (gràcies, rei! I felicitats un altre cop!). Ciertos bocados hay que disfrutarlos con poca luz, buena música, buen vino, mejor compañía y los ojos cerrados.

Es curioso pero yo creía que no me gustaba el pato. Y todo porque hace años la primera vez que lo probé era un pato a la naranja asqueroso. Luego, muchísimos años más tarde, me volví loca con el pato que sirven en los restaurantes japoneses. Y ahora, tras el magret, lo siento por los patos, pobrecitos ellos, pero han entrado en mi top ten de platos deseados con título preferente. Primero que les saquen el hígado y me lo sirvan con finas hierbas y escamas de sal, y que con sus pechugas hagan esa delicia que probé. Doy gracias a la naturaleza por los patos. Y por la reducción de vermout.
Por no hablar de los langostinos, el cava y las viñas…

Y para acabar doy gracias a la naturaleza por el chocolate, otra de las grandes fuentes de placer de la humanidad. Un coulant de chocolate, una delicia tíbia y humeante que estalla y deja escapar una oleada de la lava irresistible que hay en su interior. Podría hacer símiles sexuales pero es tan evidente que casi ni es necesario. Qué delirio, qué orgasmo para mis sentidos.
Y como promesa de amor, para la próxima, los encantadores propietarios del restaurante le hicieron a Roger un regalo de cumpleaños: una fondue de chocolate para dos.
¡Viva el placer!