La felicidad de las hormigas
30 Agosto, 2007 por Nuala
Ahora sí podría decir con total y absoluta seguridad que realmente necesito unas vacaciones… Todo el mundo vuelve ya, la ciudad despierta lentamente de su letargo veraniego y yo sigo aquí.
Sí, reconozcámoslo, en agosto se trabaja poco y la mayor parte del tiempo estás (como hago ahora mismo) calentando la silla, mirando el reloj cada cinco minutos y tocándote lo que viene siendo las partes íntimas, por decirlo finamente. Es el consuelo que nos queda dentro del sistema a los que nos quedamos cuando los demás están disfrutando del merecido descanso, a los que seguimos aquí cuando los demás vuelven y enseñan sus fotos, sus cuerpos bronceados y sus caras sonrientes muy dadas a explicar divertidas anécdotas vacacionales en algún lugar remoto y/o exótico.
Pero toda esa inactividad y amables asentimientos con la cabeza no quitan que tú preferirías estar haciendo otra cosa (cualquier otra cosa, de hecho) que no sea escuchar hablar sobre las vacaciones de los demás, o tocándote lo que no suena en otro lugar (cualquier otro lugar) que no sea tu puesto de trabajo. Y, por mucho que no te estreses, hay que estar ahí de ocho a tres de todos modos. Levantarse a las siete de la mañana todo agosto quema a cualquiera.
Debo estar quemada, muy quemada, porque cuando abro los ojos maldigo mi suerte con toda el alma. Y que mi primer sentimiento diario sea de ira no debe ser muy bueno ni saludable.
Y más que el madrugón y el resentimiento contra los que sí están de vacaciones, diría que lo que me va minando los ánimos, como me ocurre siempre que llevo ya algunos meses trabajando en el mismo sitio, es la rutina. El hastío, que no el estío. Padezco de spleen, que suena muy baudelairiano y así como muy deprimente romántico, como si fumara opio y bebiera absenta…
Los mismos horarios, el mismo recorrido a pie, la misma gente. El mismo señor mayor con el pelo blanco con el que me cruzo cada mañana. Lleva un maletín de vendedor y avanza con la parsimonia de quien conoce ya todos los caminos, mirando el cielo con sus ojos líquidos e inteligentes. Siempre pienso que parece un viejo bluesman y que su mirada esconde algún pacto con el demonio en una encrucijada de caminos. El mismo anciano paseando a su feo chucho negro, que le sigue fiel con su paso saltarín. Las mismas flores silvestres amarillas. Las mismas hormiguitas hacendosas arrastrando comida para el invierno y que yo me esfuerzo por no pisar. Me siento un poco como ellas. Sin embargo a mí el instinto no me ayuda en absoluto, no me dice que trabaje, que siga mis rutinas y que reúna para el invierno. Mi instinto huye del trabajo como de la peste. Mi instinto quiere que me tire en el sofá a leer, hacer sudokus o simplemente a perrear. Mi instinto me dice que sería muy feliz levantándome a las 10. Las hormigas quizá son felices haciendo lo que hacen (si es que existe la felicidad de las hormigas) pero yo preferiría quedarme en casa a no hacer nada. ¿Quién dice que el trabajo dignifica?
Me imagino que todo el mundo siente más o menos lo mismo, que a muy poca gente le gusta ir a trabajar. Que la vida de hormiga obrera no es más que una esclavitud para los humanos y que la vida de casi todos no escapa de esa monotonía triste, de esa rutina que es levantarse e ir a trabajar durante el resto de nuestras vidas. Afortunados los que escapan al sistema capitalista. Tendré que pensar en algo, algo tendré que idear, esto no puede seguir así. Tengo que escapar…
De momento me conformaré con la escapatoria de los pobres: ya queda menos para mis vacaciones.
Cada día coincido en el transpote proletario con un viajante de pelo blanco y maletín curtido. Le cedo el paso en la misma parada de siempre y le sigo un buen rato a distancia pues llevamos el mismo ritmo cansino, él por el peso del tiempo mal aprovechado y yo, ahora lo sé, por eso que dices del spleen. A medio camino nos cruzamos contigo, primero él y luego yo ya que el orden es importante en la rutina. Disimula pero se da cuenta de que le miras y cuando estais a la misma altura gira levemente la cabeza, apenas unos grados, para verte pasar sin aminorar la marcha. Luego llega mi turno, unos pocos pasos por detrás, y me pregunto que tendrá el bluesman que me hace invisible.
Juanete,… debes de estar viviendo mi vida!
Dracma tiene que leer este post para no sentirse sola. Todas las mañana se me lamenta y dice: No quiero ir al cole! y yo tengo que aparentar que trabajar es estupendo y divertido. Lo que nos queda es el ESCAQUEO. Razón, ahora mismo.
Es cierto, no quiero ir al cole, pero no por la rutina, sino por el estres, y también porque odio “pelearme” y discutir y con eso me gano la vida. Quiero ser rica o en su defecto mantenida. ¿Conoceis a algun papuchi libre?