He descubierto que me encanta leer (también) por las mañanas. Cuando me levanto y la ciudad y la casa aún duermen, mientras doy sorbitos a mi café, saboreo también algunas páginas de un cuento de este libro, a veces hasta un cuento entero. El café con Philip K. Dick en el silencio de la mañana sabe a gloria y activa la imaginación para todo el día.
Luego salgo a la calle y la ciudad parece un paisaje post- apocalíptico sin coches ni peatones por ningún lado. Camino sola y despacito (mi pie aún estará un tiempo molestando), disfrutando de este inesperado fresquito de agosto que obliga a acurrucarse agradablemente con la mantita por las noches, de este cielo encapotado que huele a electricidad y del aroma de la tierra y el césped húmedo. Mientras camino bullen las ideas de ese cuentito que nunca acabo de escribir y Josh Rouse me susurra al oído. Es la banda sonora indiscutible de estos momentos personales íntimos y preciosos como diamantes. Son sólo míos y los adoro.